He venido aquí a no hablar de mi libro

Pero, ¿cómo es esto? ¿Un escritor que no publicita sus novelas?

No, no es eso. Simplemente tengo la sensación de que cuanto más me pronuncio sobre lo que escribo o publico, más invasiva soy. Sé que es un concepto erróneo, que esto solo me lleva a caer en un bucle del silencio conmigo misma, pisoteando mi trabajo y ocultando algo de lo que debería estar orgullosa. Sin embargo, no puedo despegar de mi mente la creencia de que, en cuanto nombro o subo una foto de una de mis novelas, estoy siendo pesada.

Soy la primera que disfruta con la promoción de otras novelas, que le encanta ver a las autoras moverse, ilusionarse y recibir un feedback maravilloso. ¿Por qué no me aplico el cuento yo también? Y no solo eso, ¿por qué mis amigas escritoras se sienten igual que yo?

Imagino que nos falta ego, seguridad, creérnoslo un poquito más. No invertimos uno o dos años de nuestra vida en escribir, acabar, pulir, corregir, publicar y publicitar nuestra obra solo para boicotearnos al mes de salir y guardar todo ese esfuerzo en un cajón. Y, sin embargo, es algo que sucede dada la caducidad tan temprana que tiene una novela. Parece que, con cada libro, solo se permiten unas semanas para poder verlo en todas partes y, que, inmediatamente después, debe desaparecer. Es cierto que esto es debido a la inmediatez de las redes sociales, la necesidad de estar a la última, de leer lo último; y este consumo tan rápido tiene su lado negativo, que es la desaparición también en un lapso corto de tiempo. Y la autocreencia por parte del autor de que, en efecto, debe hacerlo. Por eso nos damos al botón de mute y seguimos con nuestra vida, volcándonos en el siguiente proyecto.

Pero, ¿acaso a alguien que le encante la fantasía y Japón no puede interesarle una novela con esos mismos requisitos, pero publicada en 2018? (Sí, hablo de uno de mis libros, de La posada Shima. Hola, esta soy yo intentando convencerme de que esto no es spam. ¡Y no lo es!). A veces me sigo sorprendiendo de que alguien la reseñe o suba una foto hablando de ella. Lógicamente me emociono mucho si sucede esto con la última (Euforia, 2021), pero que siga pasando con la primera, es algo casi impensable. Y me da mucha pena tener tan interiorizada esta caducidad, porque no debería de ser así. Imagino que gran parte de la culpa la tiene el síndrome de la impostora. Pensar: ¿quién soy yo para decirte qué consumir, qué leer? ¿A quién le importan mis historias o lo que tenga que decir?

Mis cuatro novelas publicadas, las tres de la izquierda con la editorial Munyx.

Son ya unos cuantos años peleándome conmigo misma con este tema y aún no he llegado a ninguna conclusión. Es un trabajo diario que muchas veces me supera y por eso callo, me oculto tras la pantalla, aunque me muera de ganas por contar detalles sobre esto o lo otro. Y creo fervientemente que hablar de esto puede ayudar un poco. Porque sé que no estoy sola en esto, y que vosotros tampoco lo estáis. No tengo la receta de cómo salir de este bucle, pero solo quiero dejar un mensaje más positivo al final de este post. Y es que todos tenemos historias únicas y genuinas, que nuestras voces importan, que somos del todo válidos, y que escribir nunca es un caso perdido.

A veces tenemos que recordarnos por qué hacemos lo que hacemos. Y la respuesta es porque nos sale, queremos y adoramos esto. Procuremos no ponernos más zancadillas, saquemos las ganas, abramos las alas. Merece la pena.

Estoy aquí para ti.

Hace tiempo que no me paso por aquí, y siempre que subo alguna entrada nueva me digo que voy a escribir 20 más, que me gusta demasiado hablar de cosas concretas, poder explayarme gracias a este formato, pero luego nunca sucede. Y es que la gran parte del tiempo siento que no tengo nada que decir o que no es lo suficientemente importante como para escribir un post. Sin embargo, hoy quería abordar un tema en el que llevo pensando muchos meses y que, por fin, se ha materializado.

Ich bin da, I am here. Estoy aquí.

Siento que escribir es como una reafirmación. Tú, como escritor, te reafirmas en el mundo. Con tus ideas, con tus mensajes, con lo que quieres contar. Es como decir que estás aquí, que lo puedes demostrar con esta o esa otra historia. Vuelcas un sentimiento del momento en ella para luego quedarte mirándola y decir: «es mía, es un trozo de mí, existo». Y no es que antes no existieras, pero sí que con cada nueva novela apareces un poquito más. Sé que esto tiene mucho que ver con el síndrome del impostor, con no creernos las cosas buenas que nos pasan, con la inseguridad eterna del creador. Pero sí me he dado cuenta de que, conforme la pila de libros crece y yo voy aprendiendo más y más, los deseos y la meta a alcanzar se hace más grande también. Ya no es sólo reafirmación, el «puedo hacerlo», el «esto es un trozo de mí», ahora tiene un significado más enrevesado. Porque ese deseo ya no es algo que tiene que ver solo conmigo.

En la imagen aparecen mis cuatro novelas superpuestas: Euforia, La chica del corazón de agua, La posada Shima y Fugitivo adornadas con flores secas alrededor, haciendo un círculo.
Euforia (Editorial Munyx, 2021), La chica del corazón de agua (Editorial Munyx, 2019), La posada Shima (Editorial Munyx, 2018), Fugitivo (Editorial Círculo Rojo, 2015).

Desde que publiqué La chica del corazón de agua (Editorial Munyx, 2019), me di cuenta de que puedo ser útil. De que mi escritura puede ayudar, arrojar luz, y de que eso era lo que realmente quería conseguir. Por eso hablo sobre salud mental, por eso siempre hay representación LGBT+ e intento tocar temas de actualidad. No pretendo ser un manual de autoayuda, para nada. Creo que la mejor forma de darte cuenta de algo es verte reflejado, leer sobre un personaje y decir: «ufff, sí» (o «ufff, no»).

Creo firmemente que la literatura es una cura. Que se puede aprender con cada novela y sacar lecciones o argumentos para refutar tus convicciones (estés de acuerdo o no con lo que hayas leído. Porque no todo lo que está escrito es para que te lo creas o estés conforme). Sin embargo, en mi caso, me he dado cuenta de que quiero ser una mano extendida. Desde esa publicación en 2019, he recibido muchísimos privados con historias personales que me han tocado mucho la fibra. No me creía que algo que yo había escrito pudiera significar tanto para alguien, lo suficiente como para buscarme y hablarme, para contarme su historia. Y es que subestimamos muchísimo lo que ser simplemente un oído al otro lado puede suponer para la persona que habla.

Quizás con La chica del corazón de agua, tras un tiempo, entendí que era normal recibir ese tipo de reacciones. Hablar sobre una enfermedad mental tan estigmatizada como la depresión y explicada desde dentro podía alentar a otras personas a hablar de alguna experiencia parecida. Pero es que con Euforia está ocurriendo igual, y no sabes lo orgullosa que me hace sentir que alguien se abra de esa forma conmigo. Me da vértigo, porque me gustaría poder hacer más por cada uno… Pero aún soy una persona muy pequeña que está descubriéndose a sí misma.

Lo que quiero decir, resumiendo todos estos párrafos, es que me uses. Usa mi escritura para tocar temas de los que puede resultar más difícil hablar, busca confort y esperanza en mis letras, úsame. Porque no estás solo. Me tienes aquí. Para servir de ejemplo y de mal ejemplo, para escucharte, para empatizar, para aprender.

Estoy aquí.

PD: Feliz día del orgullo. Espero que todes encontréis vuestro lugar seguro. Mientras, sigamos peleando y haciendo ruido.

Bienvenido, 2021.

¡Feliz año nuevo!

Este es el tercer año que voy a hacer esto, lo de escribirme una carta sobre lo conseguido y perdido en 2020 y qué espero del 2021. Sé que las dos cartas anteriores sirvieron a algunas personas para parar y hacer el mismo ejercicio de reflexión, algo que me parece muy importante. Siempre he hablado con honestidad, así que hoy no va a ser diferente.

Sonia con el pelo rizado y mascarilla de papá Noel mientras se señala uno de los dibujos de la mejilla.

Para mí 2020 iba a ser EL año, aunque suene a tópico. Me esperaban grandes planes en forma de viajes y experiencias nuevas. Empecé un proyecto a cuatro manos con Carolina Casado; íbamos a hacer un viaje a Valencia para ver a nuestra Rolly embarazada en verano; iba a ir a Barcelona a ver en concierto a mi grupo favorito en julio (BTS), que era la primera vez que venían a España; iba a viajar hasta Seúl y Jeju en abril (Corea del Sur), viaje que hacía por mi cumple y que llevo deseando desde ni se sabe… Y todo se torció. No lo pude hacer. Se canceló.

A todos la pandemia nos pilló desprevenidos, con demasiados sueños en la maleta. Sé que tampoco es algo dramático, que ya habrá ocasión, pero en su momento fueron cancelaciones dolorosas. Sueños que se rompían. Y si la cuarentena encerrada en casa ya fue dura, cada golpe nuevo era peor.

Sin embargo, creo que ya nos hemos quejado mucho de lo que no hemos podido hacer. Y he tenido la gran suerte de poder hacer otras cosas. Enero y febrero fueron meses de mucha socialización. Estaba feliz porque Carol y yo habíamos anunciado nuestro proyecto conjunto, había ido a varias presentaciones de libros, presentado también a mi querida Rolly aquí en Madrid y asistido a los Templis, evento que espero pueda repetirse este 2021.

Antes de la pandemia pude ver en concierto a una de mis artistas favoritas, Halsey. El concierto fue maravilloso y pude reencontrarme con unas amigas preciosas. Además, me quedé a dormir en casa de Lau y Shei.

En cuanto a escritura, este año no he acabado ningún manuscrito, pero sí que me he visto muy motivada a aportar, a escribir para poder entretener y ayudar. Podéis leer en lektu con pago social un par de relatos largos (Una flor de sangre y Esperanza en guerra dentro de la antología Relatos de diez autoras para pasar la cuarentena) de los que me siento muy orgullosa. He escrito más, pero que se pueda leer, esos dos. Además, en noviembre se anunció mi participación en la Antología Esperanza con el relato El lugar sin puertas, que recaudará dinero para una de las familias del #BlackLivesMatter.

Durante los meses de cuarentena conseguí más bien poco. Con tal de no perder el ánimo y la cordura me bastaba. En abril empecé a hacer yoga y seguí durante mayo todos los días. También aprendí a leer coreano️, aunque tardo mucho, pero eso que me llevo.

Volviendo al tema de la escritura, durante el mes de julio cumplí un reto autoimpuesto que consistía en escribir una poesía al día y subirla a mis redes (podéis encontrarlas en mi feed de Instagram o en Twitter con el hashtag #poetryinjuly). Salieron algunas muy buenas y otras que ni tan mal. Hacía mucho que no escribía poesía y, aunque fue muy difícil seguir el ritmo, lo conseguí y me siento muy orgullosa de haberlo hecho. Ahora me ha quedado un poso de añoranza que voy supliendo poco a poco, escribiendo poesía cuando me siento inspirada.

Y la gran noticia se desveló en agosto desde Onyx: el año que viene vuelvo a publicar. ¡Euforia encontró casa! En la primavera la tendréis en vuestras manos. Abril traerá los cerezos en flor y una novela muy especial bajo el brazo. El año pasado recuerdo terminar de escribirla y acabar con muy malos sentimientos. Me di este año para relajar mi ritmo de autoexigencia, para calmar a mi cabeza, y debo de reconocer que tomé la mejor decisión posible. He visto de cerca la amargura de publicar durante el confinamiento y no sé si yo habría podido soportar algo así. Mi mente estaba muy frágil a comienzos de 2020, pero ahora ha ganado resistencia y ánimo. Tengo muchísima ilusión por saber qué pensáis de mis niños y de esta preciosa historia cargada de añoranza, amistad y un poquito de dolor.

Aesthetic de la novela Euforia. Abril 2021.

En noviembre salí en televisión hablando sobre salud mental. A principios de año me contactaron para acudir de invitada a la grabación de Eso no se pregunta (Telemadrid). Querían hablar sobre depresión y yo acepté en cuanto vi que iban a tratar con la suficiente seriedad el tema. Además, el formato me daba cierta seguridad para hablar y, una vez allí, estuve comodísima. Si os interesa, se puede ver por la web de Telemadrid y a Youtube lo subirán en algún momento.

A pesar de que este año no pude cumplir muchos de los propósitos que me plantee al comienzo, se ha cumplido el propósito más improbable, el que llevaba años arrastrando y que ya pensaba que iba a ser imposible de conseguir: me he independizado. Llevo como un mes fuera de casa y, aunque al principio sentí mucho vértigo, ahora sé que hice bien porque tengo a mi lado a quien me cuida como lo más preciado. Quizás esta especie de luna de miel es porque estamos en esas primeras semanas de emoción, de probar a hacer platos por primera vez, invitar a padres (con todas las medidas de seguridad e higiene), y muchas cosas que parecen novedosas aunque se convertirán en rutina. Pero lo cierto es que esta etapa, justo ahora, estoy feliz. Y justo ahora me doy cuenta de lo que nos ha intentado enseñar 2020. A vivir el ahora, el presente. Disfrutar de lo mundano, de las personas cercanas, del contacto, aunque sea a distancia.

Como colofón, la guinda del pastel vino el 13 de diciembre: he vuelto a ser tía de una bebé preciosa y tranquila. Marina, aunque ha costado vernos, me vas a tener siempre ahí, al igual que tu hermana.

Y por eso, este, de todos, es el año más raro e imprevisible de mis 28 primaveras. Así que lo único que le pido al 2021 es salud y equilibrio. Que no haya socavones insalvables, desvíos imprevistos, sorpresas que nos quiten ilusión. Sigamos disfrutando del ahora, de las amistades que nos han mantenido a flote, del amor que ya teníamos y del que hemos encontrado en el camino, de las pequeñas victorias.

Bienvenido, 2021.

La sombra del vacío

Dado que es el mes de la salud mental, hoy quería escribir una carta a una antigua compañera de vida. Aquella que se hizo tan grande como para taparme el sol, como para absorber mi vitalidad, que fue un monstruo que nació de mí, pero que aprendí a entender, con el que aprendí a convivir:

Quería hablarte, escribirte una carta por el equilibrio que ahora siento.

Podría decirse que es un poco dañino echar la vista atrás y regodearme en lo que una vez sentí. Quedarme ahí en medio de un recuerdo para que me golpee. A veces, cuando acudo a él, es para que lo haga, que me dé bien fuerte. Y otras, como hoy, es solo por ver ese momento desde una perspectiva sin dolor. Porque he avanzado, he recorrido una larga distancia y lo bueno es que, cada vez, debo ir mucho más hacia atrás para llegar a él.

Aunque más que un recuerdo, es volver a ti, a la que desde entonces siempre está ahí. No sé si alguna vez he llegado a odiarte. Hacerlo sería como odiarme a mí misma, pero sí odio lo que sentía en aquellos momentos, lo que me hacías sentir, aunque a veces ponga mis pies en aquel foco de vacío de nuevo.

Imagino que no terminamos de pasar página del todo, que existe cierta añoranza a lo que más nos daña. Me impregno de una melancolía extraña que me arrastra a escuchar tu voz de nuevo, a verte y pensarte con cierta ternura. No quiero romantizar el concepto, pero sí que me sumerjo en esa piscina para ahogarme cuando menos lo espero. Ahora tengo a mano la escalerilla. Sé que puedo salir de ahí cuando quiera. Quizá esta actitud tóxica conmigo misma es una forma de decirme que nadie termina de curarse del todo, que siempre queda un pequeño residuo. La mente es un laberinto complicado de experiencias y emociones, y todo lo que nos ocurre nos influye, nos conforma, no podemos escapar de quienes somos porque somos el conjunto de todo ello, de lo bueno y de lo malo, de lo superado y de lo que atravesamos en el presente.

Y, sin embargo, en otras ocasiones me veo con un mechero en la mano, dispuesta a quemar esa parte de mi pasado. Crear una bola de fuego tan grande que ilumine la ciudad. Pero tengo miedo del resultado. Si solo quedaran cenizas, al soplar, ¿te irías con el viento y no volvería a verte? Pero ¿y si te convirtieras en un sol al que no puedo dejar de mirar? Una estrella ardiendo por siempre, a mi lado, quemando, hasta que no tuviera escapatoria.

No siempre es bueno volver a ti, lo sé, aun así ahora mismo puedo ver tu sombra tras mis pies y nos sentir nada al mirarte. Ni miedo, ni angustia. He conseguido hablar de ti en un medio de comunicación, en una novela, en mi blog y en mis redes sociales. Has tocado mi vida con tus manos llenas de tinta y aún me encuentro algunas de tus huellas sobre la piel. Pero yo dejé mis huellas también para recordarme que nunca serás tan importante como lo soy yo.

Hoy te recuerdo, sí, pero has perdido el control sobre mí.

Yo soy escritora

Imagen de una mujer de perfil escribiendo en una máquina de escribir antigua. En su base aparece "día de las escritoras".

Ayer fue el día de las escritoras y, aunque hace poco que lo llevo celebrando, me ha costado mucho reconocerme con ese concepto. Está muy extendido lo de que uno no es escritor hasta que publica. Y es una soberana tontería. Previo al 2015, yo llevaba escribiendo desde primaria: relatos, cuentos, poesías, historias más largas… Con 15 años acabé mi primera novela (que se quedó en un cajón, gracias), con 17 la segunda. Después hubo un parón por la universidad. Pero me costó hacerme al concepto. Denominarme como tal, Incluso después de autopublicar, me siguió costando.

Hoy quería reflexionar sobre lo que he ido aprendiendo en este tiempo, lo que supuso autopublicar en 2015 y poner por primera vez el pie en el terreno literario, hasta lo que ahora supone tener una editorial fuerte que apuesta por lo que escribo. Y es que ningún camino es fácil, nada te lleva a lo alto de forma inmediata. A las letras hay que darles tiempo.

Ilustración de la portada de Fugitivo.

Reconozco que he tenido suerte. He coleccionado unos cuantos fracasos, lo que me ha hecho aprender a ser paciente y a esforzarme más. No sé por qué nos empeñamos en ser perfectos a la primera, que nos salga bien todo de inmediato. Yo había intentado durante unos años publicar de forma tradicional, pero no tenía ni idea del mundo editorial y no sabía buscar en condiciones. Autopubliqué Fugitivo en 2015 y, con total sinceridad, fue una inversión que no recuperé. Pequé de primeriza. Aunque gané experiencia y los primeros amigos dentro de este mundillo. Tampoco había ido a presentaciones de libros ni tenido que hacer publicidad de mis cosas. Todo era nuevo y yo tendía a quedarme en una esquina observando. Mi obsesión por no sobresalir me hacía perder oportunidades.

ILUSTTSCION FUSIONADA

Entre 2015 y 2016 participé en varias antologías de microrrelato y poesía, quedando finalista en 3 (para mí fue todo un triunfo poder tener tres libritos más en casa donde hubiese algo que había escrito yo!). Eso me dio la motivación necesaria para acabar de escribir en 2016 La posada Shima. La mandé a todas las editoriales habidas y por haber, creyendo que cuanto más, mejor, y recibiendo un total de ¿una, dos respuestas negativas? Porque el silencio es la contestación que se suele estilar, así que asumí que ninguna más iba a responder. Ya había acumulado unos cuantos silencios con Fugitivo, así que imaginaba que iba a tener que pelear mucho más por esta nueva historia.

Entonces me enteré de que una editorial nueva estaba buscando manuscritos. Onyx (la actual Munyx) publicaba fantasía, justo lo que yo había escrito, y encima me respaldaban un par de compis de letras que también habían presentado cosas suyas y estaban esperando una respuesta. Y aquí fue donde la suerte y el tesón se decidieron a dar sus frutos.

Así salió La posada Shima con Onyx en 2018. Mientras, yo había terminado de escribir La chica del corazón de agua y estaba mandándola también a diferentes editoriales y premios (ya sí sabiendo géneros que publicaba cada editorial y acotando la búsqueda). Y entonces Marta, la editora de Onyx, me preguntó por este último. Le hablé de lo que iba y entonces las dos abrimos nuestros corazones en varias charlas profundas y sinceras. La salud mental es una de las asignaturas pendientes de esta sociedad. Pero, aún con esas, yo tardé mucho en pasarle el manuscrito y, más aún, cuando ella dijo que lo quería publicar, me demoré bastante más hasta dar el sí. Ya lo he dicho en más ocasiones, que me daba un vértigo terrible. Sin embargo, hoy sé que fue la mejor decisión que pude tomar por todo lo que vino después. La chica del corazón de agua salió en 2019. También en este año publicaron mi relato Un ser de luz dentro de la antología Contramarea de manos de la editorial Dorna (Antología Contramarea, 2019).

Pero, como todo, el mundo no giraba a mi alrededor de color de rosa. Arrastraba ya una carga importante y autoimpuesta a mi productividad. Debía sacar más historias, debía publicar más, debía destacar. Y a finales del 2019 me rompí. Euforia (Editorial Munyx, 2021) la acabé con dolor. Con una presión tan fuerte e innecesaria que hizo que entrara en un bloqueo que me duró meses. ¿Por qué esa necesidad? ¿Por qué debía publicar una vez por año, producir una historia por año…? ¿ Por qué me marqué ese estúpido objetivo? Así que tomé la decisión de darme tiempo. Me di un año (este fantástico año, nótese la ironía) donde no publicaría nada, solo escribiría. Me tenía que reconciliar conmigo misma y poner en orden todo ese cacao mental de autoexigencia enfermiza. ¿Lo he conseguido? No. Este 2020 ha sido raro a más no poder y muy malo para la creatividad, pero nadie me quitará que no lo haya intentado.

Siendo honesta, hay días malos, muy malos. Esta es una carrera de fondo. Una larguísima. Es normal que nos cansemos, que nos caigamos, que desistamos. Pero hay días muy buenos también, donde la emoción recorre tu estómago y no puedes dejar de escribir, de crear y amar lo que haces. Tus personajes cobran vida, la estructura te parece genial, los temas que tocas ideales, las frases que te salen espectaculares, dignas de cualquier escritor al que admiras. Y es que escribir es ilusión y pasión. Es un algo más que te da, de forma literal, ganas de vivir y compartir.

Llevo ya 5 años publicando, pero muchos más escribiendo. No sé en qué momento uno mismo se puede denominar escritor sin sonar pedante. Quizá ahí es donde residía mi temor, en la idea de creerme alguien. Ser una impostora porque no escribía lo suficiente, lo suficientemente bien, con calidad, por no producir, por ser lenta… pero todo eso se incluye dentro del término. Así que, si escribes, ERES escritor. Me rompe el corazón ver a un montón de personitas a las que sigo y que les cuesta llegar también a creérselo, incluso habiendo acabado manuscritos enteros y teniendo una carrera larga en el mundo de las letras. No sé en qué momento nos dijeron que no podíamos aspirar a ello ni por qué. Pero yo voy con la cabeza bien alta desde hace un tiempo y sé que nadie me va a quitar ese título porque nadie me lo tiene que dar. Yo sé lo que soy, sé a lo que aspiro.

Yo soy escritora.

Relato gratuito: Una flor de sangre

¡Hola, hola!

La idea principal de esta entrada es haceros más amena la cuarentena. Sé que estamos aún en el comienzo, pero muchísima gente se está volcando con contenido gratuito de sus diferentes especialidades: idiomas, vídeos haciendo ejercicio, sobre lo que han estudiado… Y muchos escritores estamos intentando aportar nuestro granito de arena en estos días difíciles, porque la cultura y el entretenimiento ahora son básicos para distraernos de tantas horas con nosotros mismos.

Por mi parte, estoy intentando hablar con positivismo y mantenerme activa en casa. Yo no puedo teletrabajar y todavía no sé nada sobre mi presente ni futuro laboral, por lo que tengo que mantenerme ocupada por mi propia salud mental. Estoy haciendo mucho por mí, pero también quería hacer algo por vosotros.

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Me encantaría crear contenido divertido y que aportara, pero no se me ocurren cosas interesantes que os pudieran llamar la atención (si tenéis alguna propuesta, sed libres de ponerme un comentario, un tuit o hablarme por privado).

De todas formas, ayer se me ocurrió subir un relato a lektu que no quedó ganador de una antología (con temática samurái) para que podáis leer algo diferente y cortito. Recibió una mención de honor, eso sí, así que os recomiendo que le echéis un ojillo al menos. Podéis acceder a la página haciendo clic AQUI. Se descarga con pago social, es decir, lo único que se pide es poner un tuit para que llegue a más gente.

También decir que fue posible que lo pudiera subir gracias a muchas personitas que me ayudaron a crearme mi cuenta de lektu y a Anna Roldós, que me maquetó el relato e hizo diferentes formatos para que cualquiera pudiera leerlo utilizara el dispositivo que utilizara.

¡Nos leemos pronto!

Os mando un abrazo virtual enorme. Entre todos saldremos de esta. Cuidaos ❤

 

Propósitos y balance de año

El año pasado me escribí una entrada larga siendo muy honesta conmigo misma. La publiqué un 30 de diciembre. Esta se ha retrasado por falta tiempo, pero aquí va: Sé que algunas personas se vieron reflejadas y que se plantearon también hacer un ejercicio de reflexión sobre el año que habían tenido y cómo les había afectado. Me parece una manera de poder ver lo bueno y lo malo y poder aprender, intentar mejorar en crear unos propósitos más reales.

Por mi parte, he cumplido muchos de mis propósitos (hice una lista larga de deseos y cosas por cumplir, aunque la de este año es algo más pequeña, pero no menos interesante). Por eso estoy repitiendo experiencia escribiendo esta especie de carta.

Como sabéis, para mí el año acabó con una decisión importante que afecta a mi carrera literaria, y es que he atrasado publicar novela hasta 2021. No es un drama, lo sé, pero fue muy difícil aceptar esto y ponerme primero a mí. Podéis leer el anuncio de Twitter aquí, pero básicamente no he pasado unas buenas semanas con mi cabecita, y este «descanso» espero que sirva para calmar este apetito de crecer y querer ser alguien más, cuando en realidad ser «yo» debería ser suficiente.

Siento sincera, de los doce meses del año, dos fueron muy estresantes y me tuvieron en un estado muy lamentable. Uno fue este noviembre y otro fue abril (sí, el mes en el que publiqué La chica del corazón de agua). Fueron muy malos en cuanto a carga de trabajo y mentalmente me dejaron fatal. Pero más allá de lo que pudiera afectarme de fuera, la mayoría de carga que acabó conmigo vino de dentro, de mí. De mis expectativas, de forzarme, de marcarme plazos irreales, de lo mucho que me exigía producir, mostrarme al mundo… Y este diciembre ha ocurrido que no he conseguido volver a coger ninguno de mis proyectos. He escrito menos de 1000 palabras en todo el mes. Pero no pasa nada. Estoy cuidándome. Tomándome un descanso largo para poder sobreponerme y volver con todas mis ganas, porque 2020 pinta bien. El proyecto Euphoria está acabado (ahora falta corrección y pasar por los betas), tengo otro precioso a medio escribir (el proyecto Adriana) y otro proyecto del que ya hablaré cuando avance enero. Este último me tiene muy feliz y espero que os sorprenda.

Echando la vista atrás, tampoco puedo decir que haya sido un mal año. Al contrario. Me han pasado muchísimas cosas buenas y he logrado cumplir la mayoría de mis metas: como haber publicado una novela muy importante para mí, haber estado firmando en la Feria del Libro de Madrid y haber asistido como autora también a Sant Jordi, haber terminado un manuscrito con una historia que me encanta (aunque a veces surja esa voz que eche por tierra todo mi trabajo), haberme hecho un tatu por primera vez, haber estado apuntada a yoga, haber viajado fuera de España bastante (Alemania, Ámsterdam y Londres), empezar a estudiar un nuevo idioma (bueno, algunas palabras sueltas y el alfabeto coreano), haber ido a más eventos literarios y conocer a gente maravillosa, haber hecho más presentaciones que nunca (no solo mías, para mí es todo un honor presentar a compañeras y poder hablar de sus novelas). Sobre todo me siento afortunada de las personas que me rodean y cuidan. Gracias por un año así de bonito.

Aunque más allá de la escritura, tengo muchos más propósitos. Algunos son repetidos de este mismo año, como hacerme otro tatuaje o seguir aprendiendo algún idioma. También quiero ir al menos a un concierto (voy en febrero a ver a Halsey, así que esto está casi cumplido), viajar fuera de España al menos una vez en el año y dejar de machacarme tanto a mí misma. Acudir a más eventos literarios, seguir aprendiendo de hablar en público, que no pasa nada, que no voy a hacer el ridículo y que sí tengo cosas importantes que decir. Intentar dejar de sabotearme tanto y disfrutar más del camino y de sus vistas.

¿Cuáles son vuestros propósitos de año nuevo? ¿Coincidimos en alguno?

Espero que 2020 cumpla muchos de vuestros objetivos. Por mi parte, os deseo estabilidad y alegrías. Que, pese a la situación que viváis, podáis encontrar un trocito de luz siempre.

¡Feliz año nuevo!

Carta a mí misma, propósitos y promesas

El día 30 de diciembre cayó del cielo una canción que me puso blandita y que me ha hecho pensar en escribirme una carta a mí misma. La canción es promise, de Jimin y dice «Quiero que seas tu luz, cariño. Deberías ser tu luz. Para que no sufrieras más, para que pudieras sonreír más». Y tiene razón. Es algo en lo que estoy poniendo mi empeño, en ser quien me salve, en ser mi propia luz.

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Foto: Samanta Jiménez

Es muy difícil quererse a uno mismo, cuidarse. Estamos tan metidos en nosotros mismos que no somos capaces de ver nuestros rasguños, el dolor que nosotros mismos nos provocamos. En mi caso, me exijo mucho y soy bastante machacona. No es algo que haga conscientemente, pero ahí está esa voz insistente que me dice siempre que puedo hacer más, dar más, ser mejor. Debo confesar que me encantaría poder apagar esa voz. Que me gustaría no escucharla a cada rato. Poder disfrutar de las cosas buenas sin ese «ya, pero…». También tiendo a cerrarme mucho en mí misma y a quedarme a solas con lo malo que a veces puedo sentir. Sé que tengo a mucha gente que me quiere a mi alrededor. He empezado a hablar un poco más cuando no tengo un buen día, pero es tan complicado abrir la boca cuando algo por dentro tira de ti para cerrarla. Aún tengo mucho que aprender.

Este 2019 quiero cuidarme un poco más, intentar que esos rasguños sean los menos posibles. Soy una persona muy insegura y que, a la mínima, se hunde en sí misma. Me preocupo y pongo frente a mis ojos los peores escenarios. Sin embargo, esta sensibilidad para algunas cosas, contrasta con lo dura que tengo luego mi armadura exterior. Estoy ahí para todo, escucho todo, aconsejo, pongo mi hombro y mi piel. Pero en lo referido a mí, me cuesta llorar. Llorar por mí, para mí, no con una película o algo triste. Sino el hecho de desahogarme, de expresar esas lágrimas que curan.

No puedo decir que el vacío que llevo sintiendo toda mi vida ha desaparecido. En muy pocas ocasiones lo he vuelto a notar en este año, pero ahí sigue. Estoy acordándome de algunos escritos y poesías que escribí cuando era adolescente. No los entendía del todo en su momento, pero con la perspectiva y experiencia que tengo ahora siento que no he sabido tratarme bien porque aquel agujero sigue abierto en mi pecho. Lo he ido tolerando, ensanchando, haciendo que le crezcan raíces. Es parte de mí y he de aceptar el hecho de que, probablemente, no desaparezca jamás.

Sé que tengo un interior turbio. Que hay una melancolía extrema luchando siempre por arrastrarme a ella y que no la dejo alcanzarme. Alguna vez sí me coge de los talones, porque no siempre tengo fuerzas para pisarla, porque me dejo atrapar. El bienestar a veces pone sus sillones en los lugares más oscuros.

Hacía mucho que no me decía esta clase de cosas. Que no me ponía frente al espejo. Lo he pasado mal en más ocasiones de las que me gustaría reconocer en este 2018. Situaciones que me han sobrepasado y en las que me he sobrepasado conmigo. Por eso quiero hacerme la promesa de intentar tratarme mejor cuando me sienta sola. Porque no estoy sola. Nunca lo estoy.

Mi mente es una cárcel, pero la música difumina las rejas. Es lo que este año ha hecho que sean soportables algunos ratos conmigo misma. Hacía mucho que no escuchaba canciones que me intentaran hablar, que me hicieran replantearme la relación que mantengo con mi cuerpo, con mis pensamientos. Por eso los dos proyectos que empecé este año a escribir van mucho en sintonía a ese mismo mensaje. Conocerse a uno mismo, aceptarse. Y mi proyección en redes están intentando ir en esa línea también. Solo nos tenemos a nosotros mismos, no podemos ser otros; no es posible y no va a pasar.

Llegados a este punto, en el que he releído ya unas trescientas veces lo escrito, mis lágrimas ahora sí son mías. Qué raro sienta a veces reencontrarse, verse reflejada en las cosas que escribes sobre ti.

Sonia, eres testaruda, pero también fuerte. Has salido de muchas y aún ves las cicatrices de las batallas, aquellos moratones. A veces te da miedo mirarlas, sobre todo que el resto las vea. Sabes que tienes que dejar de pensar en que son debilidades. Todo te ha traído a este momento. Un momento feliz, de cierto equilibrio y paz. Debes prometer ser más honesta con tus sentimientos, tener paciencia con ellos. Cuidarte un poquito más, ser coherente con tus actos y tus palabras. Sé tu luz, nadie va a brillar por ti, nadie puede ser tú, vivir lo que tú. Prométeme seguir siendo fuerte. Prométeme pedirte perdón cuando toque.

Te quiere a veces,

yo.

Sobre depresión y «La chica del corazón de agua».

Quiero advertir desde el comienzo que, si sientes que en algún momento mientras lees esto te empiezas a encontrar mal, que pares. Y que, si sientes algo parecido, te insto, por favor, a pedir ayuda. A hablar con alguien. Quien sea. Conmigo si quieres. Yo estoy aquí, yo quiero escucharte.

Petra8

Aesthetic de Petra. Fuente: Pinterest.

Ayer escribí un tuit en el que anunciaba que hoy se cumplía el primer aniversario desde que puse punto y final a una historia que hizo que diera todo de mí. Al principio se llamaba #ProyectoAgua o #ProyectoA. Tardé bastante en dar con un título acorde, pero, al final, lo encontré y me siento muy orgullosa de su significado (el aesthetic). También comentaba que se cumplía casi un año de mi recuperación. No puedo decir una fecha exacta, pero fue en algún mes después de terminar de escribir la historia de Petra. Y quizá hubiera mejorado antes, porque meterme en la piel de ella me exigió, a veces, demasiado. Tanto como para volver a sumergirme en la distimia conforme escribía.

Con esto no quiero decir que sea ejemplo de nada. Me hacía daño a mí misma al ponerme en situación, al volver a experimentar lo que era tener depresión. Solo sé que, al acabarla, me liberé y terminé por cerrar heridas y curarme. Por eso significa tanto para mí esta novela. No es mi historia, pero sí lo que yo sentía.

A raíz de esto, unos cuantos me hicisteis preguntas por privado. Sobre qué era lo que me pasaba, cuánto duró, cómo me di cuenta, qué hice para ponerle remedio, etc. Insisto en que no soy experta de nada, solo tengo mi experiencia para compartirla y confesar que hice muchas cosas mal. ¿Queréis saber un poco de mi historia? Aquí os dejo algunas pinceladas:

Durante el 2015 ocurrieron muchas cosas, tanto a mi familia como a mí. Aquella bola, por orgullo, por ser una chica que se calla sus cosas, por no querer preocupar, pues quise tragarla sola. Y lo hice. ¿Qué pasó? Que por dentro me anuló. Cuando comencé el último año de universidad en septiembre, mi cuerpo me dijo basta. Mi mente estaba tan sobrecargada que sentí cómo sus manos removían en mi interior y me apagaban.

Me costaba mucho salir de la cama, estaba muy cansada durante el día, comencé a no sentir emoción por lo que antes me ilusionaba. Imaginad lo frustrante que fue autopublicar Fugitivo, cumplir un sueño de toda la vida, y no poder alegrarte por ello. Tenerlo en las manos y no experimentar esas mariposas porque alguien las ha matado. Por eso no pude proyectar aquel momento tan especial con la intensidad que debía. También me forzaba muchísimo a sonreír y a intentar estar bien cuando salía; lo que luego se materializaba en más cansancio.

Después comenzó el dolor en el pecho. Había días en que me ahogaba y no podía hacer otra cosa que concentrarme en respirar, en que mis pulmones funcionaran. Era desquiciante porque o era como una marioneta, viendo la vida pasar, sin hacer absolutamente nada, o sentía aquel dolor. Así que lo que se suele tener en el imaginario popular de lo que es la depresión (tristeza y llanto), en mi caso no se correspondía. Me costaba mucho llorar. Sentir algo. Lo que fuera.

Pasaron meses, sí, meses, antes de saber que aquella época larga de sinsabor, de sinsentido, de vacío, tenía un nombre. Que era una enfermedad mental y que se llamaba depresión. Yo no sabía que algo así me podía tocar a mí. ¿Cómo? Si estaba bien con mi familia. Si iba a la universidad, tenía amigas, y no me faltaba de nada. Pero es que esta es una enfermedad que va más allá de tu estabilidad mental y física. Es pura química.

A partir de entonces intenté salir un poco más y empecé a realizar una cuadrícula con diferentes estados de ánimo para ir marcando cada día. Comencé a hacer un seguimiento de mis rutinas y de repetir lo que me sentaba mejor. Me di cuenta de que los lunes eran el peor día de la semana, por ejemplo, cuando acudía aquel dolor en el pecho. Después vi que era porque lo relacionaba con la productividad. Era mi mayor preocupación las veinticuatro horas. Por eso en la cuadrícula añadí diferentes acciones, para que mi mente entendiera que en realidad sí que hacía cosas a lo largo del día. No sabéis lo mucho que aprendí de mí durante todos los meses que hice aquello.

Fui mejorando poco a poco. Pero nadie lo sabía. Aquí es donde hago una pausa para deciros y pediros directamente que no seáis como yo. No en este punto. Era muy difícil de explicar, incluso de pensar en lo que me estaba pasando. No era capaz de enfrentarme a nadie y decirle que el vacío que sentía era tan grande que me daba igual incluso morir. Que todo me daba igual, que los días se sucedían y que sentía que me volvería loca. Que a veces me pellizcaba para sentir algo porque mi mente me decía que solo podía experimentar dolor o ese vacío. ¿Cómo decirle algo así a tus padres? Pues lo hice, mucho más adelante.

A principios de 2017 tuve una recaída. Curarse nunca es un camino recto y en ascenso. Hay curvas y agujeros. Fue entonces cuando había comenzado la historia de Petra y cuando, de manera consciente, quise ponerle remedio. Me costó mucho decírselo a mis padres (y en realidad apenas fui capaz de expresarme). Fui al médico, que me derivó al psiquiatra (fue una muy mala experiencia) y le pedí ver a un psicólogo (que me dio respuestas, diagnóstico y soluciones). Fueron unos meses de turbulencias por el motivo que os di al comienzo. La historia me exigía un estado mental del que intentaba salir. Pero no me arrepiento de haberlo hecho, dado que, cuando acabé de escribir, comencé de verdad a curarme. Fue un proceso catártico. Después, ellos leyeron la historia. Fue la única forma que encontré de decirles cómo me había sentido. Mis palabras llegaban tarde, claro. No quería que se sintieran culpables por no haberlo visto, por no haberme visto. La única que tuvo culpa fui yo. No pedí ayuda y la necesitaba. Todo habría sido diferente si lo hubiera dicho.
A veces me preguntan cómo estoy. Mis amigos y mi pareja también. Y debo deciros que es lo más bonito que podéis hacer por alguien a quien queréis. Preguntar, escuchar.

Siento que la entrada me haya quedado tan larga. Cada vez que cuento mi historia me libero un poquito más. Sigue costándome mucho hablar sobre ello, pero no quiero que caiga en saco roto. Si puedo ayudar al menos a una persona, seguiré. Si puedo darle un poquito de visibilidad a esta enfermedad (la primera incapacitante en TODO el mundo) y resaltar su importancia, seguiré.

Gracias por leerme.
Estoy aquí para escucharte.

Cuando la autoexigencia te detiene

Hace unos meses que, aunque intento volver a la escritura y a retomar proyectos, me cuesta mucho sentarme y llegar a concentrarme lo suficiente para avanzar. Sé que en parte es por haber perdido rutina. Creo que es algo que solo consigo cuando la historia está casi a la mitad y me pico para continuar.

Sin embargo, el otro día, hablando con otros amigos escritores y charlando sobre las inseguridades y lo mal que nos sentimos a veces con nuestros escritos, he llegado a una conclusión:

La crítica que llevo dentro no me deja escribir.

Imagino que es porque ha crecido, ha ganado experiencia tanto leyendo como escribiendo y ha llegado al punto de exigirme tanto que me bloquea.

Por lo que sé, no soy a la única que le pasa. A algunos les afecta a su productividad (hola, qué tal) y a otros a su visión de escritor (sintiendo que no vales para esto, que no eres lo suficiente bueno, que todo lo que sale de tu pluma es una m*****). A veces se juntan ambas y pa qué, pa qué. Que es inevitable ir ganado una visión cada vez más objetiva, pero es que es desquiciante cuando no te deja juntar dos párrafos más de dos días seguidos.

¿Qué hacer ante esto?

No, no ir a un supermercado a atiborrarse de gofres y tarta y bollería y chocolate. Que darse un capricho de vez en cuando tampoco viene mal, pero ese no va a ser mi consejo. (Y sí, creo que se nota mi obsesión por Millie Bobby Brown aka Eleven en Stranger Things).

¿Que qué hacer? Pues tomarlo de la manera más positiva posible porque, de otra forma, nos va a devorar y vamos a dejar de escribir. Si no le ponemos remedio, va a estar ahí machacándonos a cada hora. Porque la cabeza es terrible. Te hunde de una manera inexorable.

En mi caso, estoy leyendo mucho y hablando mucho con otros escritores. Me lo tomo como formación. Como un ejercicio. Porque sé que si me fuerzo a escribir, la frustración podrá conmigo y me aplastará como en otras ocasiones. Así que estoy aplicando una nueva filosofía conmigo misma. Porque, ¿sabéis? Es una de las cosas que he aprendido en estos años. Que es lícito ser indulgente con uno mismo. Que podemos darnos tiempo. Que podemos decir <<ahora no>>, y no pasa nada. Que primero está la salud mental y que nadie va a juzgarte por ponerte en primer lugar.

Con esto no quiero decir que deje de lado mis proyectos. Los estoy perfilando poco a poco. Pero intento fijarme en lo bueno de la situación, como que estoy encajando con más perspectiva las tramas y situaciones o que estoy modelando a los personajes concienzudamente. Además que, por suerte, estoy con la corrección de La Posada Shima (Editorial Onyx, junio 2018) y me mantiene a flote porque, al menos, siento que estoy siendo productiva.

Pero a lo que quiero llegar es a que, cuando empiezas a autosabotearte, debes pararte a pensar qué está pasando y darte cuenta de lo que está mal. Ver qué comportamientos tóxicos has adquirido y ponerles remedio. Sé que es muy complicado juzgarse a uno mismo e intentar redirigir los pensamientos a otros lares, pero también sé que, a la larga, nos irá mejor y podremos seguir creciendo. Y, sobre todo, que no estamos solos. Podemos compartir todo esto que sentimos. Mis amigos han sido lo mejor que me ha pasado en la vida y tengo la suerte de poder disfrutar de su empatía, consejos y apoyo. Creo que es el primer paso para destensar este nudo que nosotros mismos nos atamos.